12 cuentos policiales cortos (y su moraleja)


Los cuentos son narraciones cortas que suelen esconder una moraleja final, es decir, un mensaje que nos da alguna lección acerca de la vida. Y en el caso de los policiales, suelen esconder moralejas muy potentes sobre valores de justicia y moral.

En el artículo de hoy encontrarás los mejores cuentos con tramas policíacas que, si bien pueden estar enfocados para niños y niñas, pueden aportarnos cosas buenas a todos nosotros.

Una selección de los mejores cuentos con tramas policíacas

Ladrones, policías, ciudadanos, inspectores, crímenes… Con estos cuentos te adentrarás en tramas que, sin duda, te atraparán instantáneamente y, además, te ofrecerán una poderosa moraleja final. Nota: la mayoría de los cuentos de este artículo pertenecen a la escritora Eva María Rodríguez. Aquí los tienes.

1. Los ladrones habladores

“Había una vez unos ladrones a los que siempre pillaba la policía. Aunque cada uno iba por su cuenta tenían algo en común: era tan fácil pillarlos que nadie entendía qué pasaba. Además, mientras estaban presos se pasaban el día hablando, entre ellos, con los agentes que estaban allí y con cualquiera que pasara cerca. Daba igual lo lejos que estuvieran unas celdas de otras, porque aunque fuera a voces los ladrones hablaban un montón.

El caso es que, como robaban cosas de poco valor y normalmente los dueños podían recuperar sus pertenencias, al poco tiempo los ladrones estaban en la calle otra vez. Pero al poco volvían con lo mismo.

Aunque pillar a estos ladrones fuera tarea sencilla, los policías empezaron a sospechar que algo más ocurría. Era como si los ladrones se dejaran coger. Además, cada vez robaban cosas más simples, de menos valor o, al menos, de menor utilidad para ellos. ¿Querían llamar la atención? ¿Querían despistarlos y dar un gran golpe? ¿O es que pretendían mantener a la policía distraída y ocupada mientras otro grupo robaba algo más serio?

El capitán de policía decidió que ya era hora de averiguar qué es lo que realmente ocurría. Así que trazó un plan. Mantendría a los ladrones en sus celdas más tiempo del habitual y observaría en secreto lo que ocurría. Tal vez los ladrones hablaran de sus planes cuando no hubiera nadie.

Los pondría en una misma celda para que se sintieran más cómodos y pondría micrófonos ocultos para oír hasta el más mínimo susurro.

El capitán informó a todos los agentes del plan para que estuvieran atentos. A todos les pareció bien. No pasó mucho hasta que todos los ladrones estuvieron en la celda.

A los ladrones parece que les gustó mucho la idea de estar juntos, porque se dieron unos abrazos tremendos. Se pasaban el día charlando. Parecía que estaban contentos. El capitán no se lo podía creer. Sus conversaciones eran de lo más normal. Nada de planes, nada de estrategias, nada de trucos…

El capitán decidió soltarlos. Pero en menos de 24 horas estaban de nuevo todos allí, dispuestos a hablar y a conversar como un grupo de amigos que lleva tiempo sin verse.

Después de meditarlo mucho, el capitán tuvo una idea. Y sin más, fue a hablar con los ladrones y les dijo:

-Señores, parece que ustedes se han creído que estos calabozos son una residencia en la comer y dormir gratis, además de un centro social. ¿Es que no tienen ustedes su propia familia?

Resultó que no, que ninguno de ellos tenía familia ni amigos. Vivían en casas viejas y apenas les llegaba para comer y calentar la casa.

Cuando el capitán descubrió lo que realmente pasaba decidió echarles una mano. Les buscó un lugar donde pudieran estar todos juntos y les ayudó a encontrar un modo de ganarse la vida, colaborando unos con otros.

Desde entonces aquellos hombres dejaron de ser ladrones, y también dejaron de estar solos. Ahora viven felices, formando una extraña y peculiar familia, pero una familia al fin y al cabo.”

Moraleja

Hay personas que hacen cualquier cosa para conseguir lo que quieren, cosas hasta contradictorias. Es por ello que debemos conocer a las personas, para entender por qué actúan como actúan, y en muchos casos, poder ayudarlas.

Ladrón

2. El reto del saco

“Había una vez una ciudad en la que vivían muchos ladrones. La ciudad era grande, pero no lo suficiente para tanto ladrón. Con tanto ladrón las medidas de seguridad era mucho mayores, y cada vez era más difícil robar sin ser pillado. Era necesario poner remedio: solo podía quedar uno.

Con esta idea en mente, todos los ladrones de la ciudad se reunieron para decidir quiénes se iban y quién se quedaba. Con era de esperar, ninguno se quería ir. Después de horas discutiendo uno tuvo una interesante ocurrencia.

-Os propongo que pongamos en marcha El Reto del Saco -dijo el ladrón-. El que consiga llenar un saco con cosas robadas en una sola noche será el que se quede. Si alguien se tiene que quedar, que sea uno bueno de verdad.

A todos los pareció una idea genial. A todos menos a uno al que todos llamaban Perico Chiquitico. No lo llamaban así porque fuera pequeño, que lo era, sino porque lo que robaba era siempre muy pequeño. Nadie entendía por qué, pudiendo coger cosas grandes, y muchas, se conformaba con llenar un bolsillo y, si era posible, sin que se notara mucho.

-Tanta gente robando a la vez una sola noche va a llamar la atención -dijo Perico Chiquitico.

-A ti lo que te pasa es que no puedes con el saco -se rieron los demás.

Sin hacerle caso los demás ladrones siguieron a lo suyo, discutiendo el tamaño del saco, cuánto tiempo era el adecuado, en qué zona actuaría cada uno y cosas así.

-Deberíamos hacer los robos esta misma noche -dijo uno de los ladrones-. Así acabaremos antes con la incertidumbre de quién se queda y los que se vayan podrán pensar en qué hacer en el futuro.

Esa misma noche todos salieron a robar con sus enormes sacos. Perico Chiquitico salió con el saco, como todos, pero enseguida se dio la vuelta y volvió a casa, en cuanto los perdió a todos de vista. Decidió esperar un rato para no llamar la atención.

Desde la ventana Perico Chiquitico observó la ciudad. Tenía unas vistas excelentes. Desde allí pudo ver cómo, poco a poco, los demás ladrones salían a la calle con sus sacos tan llenos que apenas podían con ellos. Sacos tan llenos que estaban a punto de reventar. Y fueron reventando, uno a uno.

Alguien debió de ver la patética escena, porque pronto empezaron a llegar coches de policía. Todos los ladrones fueron apresados, porque estaban tan pendientes de recoger lo que se les había caído que no se habían dado cuenta de que llegaba la policía.

Así fue como Perico Chiquitico ganó el reto del saco y se ganó el derecho a ser el único ladrón de la ciudad.”

Moraleja

La moraleja de este cuento es que a veces es mejor ser cauto y discreto, que querer ser el mejor llamando la atención. El protagonista de este cuento así lo demostró, siendo más listo que los demás, ya que por suerte, hay muchos tipos de inteligencia…

3. La aspiradora de letras

“A todos los niños del cole de Raquel les encantaba leer. Todas las semanas tenían un par de horas libres para coger un libro de la biblioteca y ponerse a leer tirados en las colchonetas del aula. Un día, misteriosamente, todas las letras empezaron a desaparecer de los libros de la biblioteca. Nadie sabía la razón pero, poco o poco, todas las páginas se fueron quedando en blanco. Desde la primera a la última. No solo en los libros de la biblioteca del cole, sino también en los de las librerías de la ciudad y los de la casas de la gente. Nadie encontraba una explicación, y poco a poco todos se fueron quedando sin nada que leer.

Un equipo de investigadores se puso manos a la obra a hacer averiguaciones y acabaron llegando a la conclusión de que el culpable era un viejo conocido. Se llamaba Lolo y hacía mucho tiempo había estado en la cárcel por algo parecido: robar la letra a las canciones. Odiaba la música y no quería que nadie cantase ni escuchase canciones. Aquella vez, como tenía muchos conocimientos de magia, había hecho un conjuro. En esta ocasión, con los libros había sido más descuidado y había dejado varias pistas. Por eso a los investigadores no les costó mucho descubrir su nueva forma de actuar.

Lolo se dedicaba cada noche a vaciar los libros con una aspiradora de letras. Luego las llevaba a su casa y se hacía una sopa. En realidad su actitud era un poco contradictoria, porque lo que hacía al comerse la sopa era empaparse de todo el conocimiento de esos libros. De sus historias y enseñanzas. Como lo hacía con todos, poco a poco fue aprendiendo matemáticas, historia, francés y hasta esgrima. Todo gracias a las sopas de letras que devoraba todos los días al caer el sol. La verdad es que Lolo siempre había sido algo vago y le molestaba que a la gente le gustase leer. Así que, para ir por el camino rápido y no tener que leer, ideó el plan de robar las letras a los libros para después bebérselas.

Cuando la policía le detuvo, negó toda la historia. Pero cuando registraron su casa no pudo mantener su mentira por más tiempo. En la despensa tenía un montón de botes llenos de sopa de letras y la aspiradora con la que absorbía todas las ellas.

Al final le obligaron a repartir todo entre la gente del pueblo. Se organizó una comida en la que todos pudieron degustar aquella rica sopa. Desde entonces, todos los libros empezaron a recuperar las letras y todo volvió a la normalidad.”

Moraleja

La moraleja de este cuento es que la justicia casi siempre llega, y que todos nuestros actos tienen consecuencia. También ofrece valores para pensar en ellos, como por ejemplo el valor de compartir. ¡Resulta ideal para los más pequeños!

4. El ladrón camaleón

“Había una vez un ladrón muy astuto que ideó un plan infalible para que no le pillara la policía. Este ladrón diseñó un traje especial que le permitía camuflarse entre cualquier cosa, porque el traje se volvía del mismo color y textura que aquello que tocaba.

Así fue como durante mucho tiempo, el ladrón pudo esconderse en el propio escenario de sus delitos. Su lugar favorito era detrás de las plantas. Pero el ladrón también había conseguido esconderse junto a una pared, tirado en el suelo o subido a una farola.

El ladrón estaba tan orgulloso que filtró a la prensa el mote que él mismo se había puesto: el ladrón camaleón. Al principio nadie entendió el mote, pero sus robos eran tan espectaculares que el mote sirvió para que la prensa prestara más atención.

Pero no fueron los únicos. La policía también decidió dedicar más recursos a aquel ladrón que les dejaba en ridículo delante de todo el mundo con su curioso mote.
Llegado desde muy lejos, el inspector Carrasquilla decidió que aquello tenía que acabar. Y lo primero que se propuso fue, precisamente, descubrir el porqué de aquel mote.

Investigando las escenas de los diferentes delitos, el inspector Carrasquilla descubrió curiosas manchas en el suelo, de diferentes colores y texturas. Cogió varias muestras. Y cuál fue su sorpresa al ver que las manchas se volvían todas iguales, casi imperceptibles, al contacto con el palito que usaba para recogerlas.

-¡Eso es! -dijo el inspector Carrasquilla-. Mimetismo.

-¿Qué dice, inspector? -le preguntó el policía que lo acompañaba.

-Mimetismo, agente -dijo el inspector Carrasquilla-. Es la capacidad que tienen los camaleones y otros animales para camuflarse con el entorno. Nuestro ladrón es muy listo. La próxima vez le pillaremos. Asegúrese de que cargan los coches de policía con todos los sacos de harina que puedan.

El agente no entendía para qué quería el inspector Carrasquilla tanta harina, pero no dudó en cumplir las órdenes.

Cuando llegó el aviso de un nuevo robo, todos los policías disponibles acudieron a la escena del delito.

-Cojan cada uno un saco de harina y distribúyanse por todo el lugar -dijo el inspector Carrasquilla-. Cuando cuente tres, dispersen la harina. El bulto con forma de persona que aparecerá en algún lugar será el ladrón camaleón. Una, dos y… ¡tres!

-¡Ahí, ahí está! -gritó uno de los agentes-. Sobre el mostrador.

-Señor ladrón camaleón, está usted detenido por múltiples delitos de robo -le dijo el inspector Carrasquilla mientras le ponía las esposas.

Y así fue como el león camaleón fue atrapado, usando su propio truco.

-¡Ay!, si no hubiera sido tan arrogante y hubiera mantenido la boca callada… -decía el ladrón mientras se lo llevaban a comisaría.”

Moraleja

La arrogancia y la chulería acaban pasando factura… ya que fardar de algo que en realidad queremos, en cierta manera, ocultar, nos acaba delatando. Este cuento resalta, pues, los valores de la prudencia y la humildad.

5. El curioso ladrón de guante sucio

“La ciudad de Bella City estaba conmocionada. En una ciudad en la que no había delitos de ningún tipo, un simple robo suponía un gran drama. Pero cuando los robos se empezaron a repetir noche tras noche, el drama alcanzó las proporciones de catástrofe.

En realidad, no faltaba nada. Entonces, ¿qué terrible delito podía alterar así la paz de Bella City? Lo que el ladrón robaba era el bien más preciado de los bellacitenses.

-Capitán Williams, el ladrón ha vuelto a atacar esta noche -informó el agente Johnson-. Esta vez el lugar afectado ha sido el museo de arte contemporáneo.

-Ayer el museo de arte moderno, antes de ayer el museo de antiguo, el día anterior el parque BellaNatura… -murmuraba el Capitán Williams.

-Los daños son aterradores, capitán -insistió el agente Johnson-. Los ciudadanos están aterrados. No saben qué hacer. Cada vez hay más desmayos y las urgencias están desbordadas con personas con ataques de ansiedad, incluso con ataques de pánico.

-¿Otra vez lo mismo, agente? -preguntó el Capitán Williams-. ¿Los mismos daños, las mismas pérdidas?

-Cada vez va a peor, Capitán -dijo el agente-.

-Cuéntame otra vez lo que ocurre, agente Johnson -pidió el Capitán Williams-. Hay algo que se nos escapa.

-El ladrón en cuestión, Capitán, se pasea por los lugares más bellos de nuestra bella ciudad, robando lo que más preciamos sus habitantes: la belleza -informó el agente Johnson-. El ladrón se dedica a tocar con sus guantes todas las cosas hermosas de nuestra ciudad, dejando manchas en todo lo que toca.

-Por eso le habéis puesto ese nombre, ladrón de guante sucio, ¿no? -dijo el Capitán Williams.

-Sí, señor, así es -respondió el agente Johnson.

-Y la cosa va cada vez a peor porque el ladrón tiene los guantes cada vez más sucios, ¿cierto? -dijo el capitán Williams.

-Cierto -dijo el agente.

-Entonces, ¿estáis seguros de que lleva guantes? -preguntó el Capitán Williams.

-Bueno, mi capitán, nadie sería capaz de aguantar tanta suciedad en las manos -dijo el agente Johnson-, por eso hemos llegado a la conclusión de que…

-¡¿Cómo?! -interrumpió el Capitán Williams-. ¿No habéis comprobado si hay huellas dactilares en las manchas o restos de ADN?

El agente Johnson se quedó petrificado. Con lo limpios y pulcros que eran en aquella ciudad, la idea de que alguien pudiera ser tan cochino como para no lavarse las manos en semanas era inconcebible.

Sin mediar palabras, el agente Johnson salió corriendo a recoger muestras en las escenas de los crímenes. En pocos días dieron con el ladrón de guante sucio, que era un importante ladrón buscado por la Interpol que, admirado por la belleza de Bella City, no había sido capaz de llevarse nada y que lo había tocado todo como si así lo pudiera disfrutar más.

-Tengo curiosidad, señor -dijo el Capitán Williams al ladrón-. ¿Por qué no se lava usted las manos?

-Pensé así conservaría más tiempo el recuerdo de tanta belleza-dijo el ladrón.

-Jamás oí excusa más absurda -dijo el Capitán Williams-. Es usted un cochino. Y si no se lava ahora mismo lo voy a encerrar en una bañera hasta el juicio.

Poco a poco Bella City se recuperó del susto, a medida que valientes voluntarios limpiaban los lugares atacados para que volvieran a ser los de antes.”

Moraleja

Curioso cuento que refleja valores como la belleza, el respeto hacia las cosas de los demás y la delicadeza. También nos deja una reflexión importante, y es que a veces hay que ir un poco más allá de la lógica para solucionar las incógnitas de la vida.

6. El coche policia

“Había una vez un coche que era policía. No era un coche de policía, sino un coche policía. El propio coche era el policía. El día que el agente Montero lo descubrió casi le da un patatús. La cosa ocurrió de esta manera.

Un día estaba el agente Montero patrullando por las calles del barrio, como era habitual. De repente, alguien pasó corriendo delante de él y tuvo que dar un frenazo increíble. Pero, nada más frenar, el coche aceleró. Pero el agente Montero no había hecho nada. Sin embargo, como enseguida se dio cuenta de que había alguien huyendo con varios sacos en sus manos y gente gritando ¡al ladrón, al ladrón!, el agente Montero dejó de pensar en lo que había pasado y fue a por el fugitivo.

Cuando el agente Montero dejó al ladrón en prisión fue al coche, a ver qué había pasado. Estaba sentado, con la puerta abierta cuando, de repente, esta se cerró de golpe y el motor se puso en marcha.

-¡¿Qué diantres pasa aquí?! -exclamó el policía.

-Pero, ¿no oyes las sirenas? ¡Están robando en el banco local! Si no aceleras tú tendré que hacerlo yo.

-¿Quién habla? -preguntó el policía.

-No tenemos tiempo. Agárrate que nos vamos.

Y el coche salió embalado, acelerando a toda velocidad. El policía, que no salía de su asombro, bajó deprisa del coche, en cuanto se abrió la puerta, que ni eso tuvo que hacer. Como fue el primero en llegar fue él quien tuvo la oportunidad de capturar la ladrón, que ni se lo esperaba.

-¡Lo tenía todo calculado! -dijo el ladrón-. ¡Ningún coche de policía es capaz de ir tan rápido!

-Parece que no es tu día de suerte -se limitó a decir el agente Montero mientras metía al ladrón esposado en los asientos traseros del coche.

Tras su segunda visita a los calabozos para dejar a un maleante, el agente Montoro volvió a su coche y, creyéndose loco, dijo:

-A ver, quién eres y qué quieres de mí.

-¿Así es como vamos a empezar nuestra relación? ¿No deberías darme primero las gracias?

-Pero, ¿a quién?

-A mí, a tu coche. Soy el coche policía, único en mi especie.

-¿Espera? ¿Coche policía?

-Claro, soy autónomo. Soy un robot. Pero es muy importante que me guardes el secreto. Soy un prototipo, un arma secreta en pruebas.

-Pero, ¿cómo no me lo había avisado nadie?

-Ya te lo estoy diciendo yo. ¿No te acabo de decir que esto es un proyecto secreto? Nadie puede enterarse.

-Me voy a volver loco.

-No, te vas a convertir en el mejor agente de policía de la ciudad gracias a mí.

-Eso no es justo. Me voy a llevar el mérito a costa tuya.

-No, será algo compartido, compañero. Yo no puedo hacerlo todo solo.

El agente Montero y el coche policía formaron la mejor pareja de policía que jamás se ha visto. Y, a pesar de que todas las medallas se las llevaba el agente Montero, nunca se olvidaba de dar las gracias a su compañero y de cuidarlo todo lo que podía. No porque lo necesitara para ser importante y famoso, sino porque se merecía todo su respeto y atenciones.”

Moraleja

Cuento que habla de la importancia de valorar a los demás, y de ser agradecido con ellos. El compañerismo es un valor esencial entre las personas, sobre todo en el ámbito policial.

7. El ladrón disparatado

“Había una vez un ladrón tan disparatado que, cada vez que se llevaba algo que no era suyo, dejaba en su lugar otra cosa. Lo más raro de todo es que como las cosas que dejaba en el lugar de las robadas solían ser tan valiosas o más, la gente no denunciaba el robo.

La fama del ladrón se extendió a la misma velocidad que nacía la picaresca de muchas personas, que dejaban puertas y ventanas abiertas para que el ladrón entrara y se llevara cosas viejas que dejaban a su alcance. Eso sí, las cosas de más valor quedaban bien protegidas.

Pero un día el ladrón dejó de intercambiar los productos robados por cosas valiosas y empezó a dejar tremendas birrias. En pocos días, la comisaría de policía se llenó de gente denunciando al ladrón.

Ante aquella avalancha de denuncias, la policía tomó cartas en el asunto y decidió investigar. El caso se dejó en manos del inspector Fernández, el más hábil de todos los policías de la ciudad.

Tras recabar la información de los hechos y constatar que todos los denunciantes eran unos auténticos aprovechados y caraduras, el inspector Fernández reunió a los presuntos afectados y les dijo:

-Cierren sus casas y negocios a cal y canto. Vigilaremos la ciudad día y noche excepto un lugar concreto que yo solo conozco. Hacia él atraeré al ladrón y le detendré. Tengan paciencia.

Todos los vecinos obedecieron las órdenes. El ladrón solo tardó dos noches en entrar a robar al lugar previsto por el inspector Fernández, que no era otro que su propio domicilio.

En cuando el ladrón entró por la ventana, el inspector Fernández le echó el guante.

-En nombre de la policía, está usted detenido -le dijo. El ladrón intentó escapar, pero no llegó muy lejos.

-¿Se puede saber por qué roba usted y deja a cambio otra cosa? -le preguntó el inspector Fernández al ladrón-. ¡No ve usted que es un enorme disparate!

-Lo sé, pero dejo cosas porque no puedo evitar robar -dijo el ladrón-. Es una fuerza superior a mí. Y como me siento culpable dejo siempre algo a cambio.

-Ya, ya, lo sé -dijo el inspector.

-Lo que no sé es por qué ahora, después de tantos años, me busca la policía -dijo el ladrón.

-Porque ahora le han denunciado en masa -dijo el inspector-. Antes usted dejaba cosas de valor, incluso algunas más valiosas o útiles que las que se llevaba. Como ahora lo que deja son auténticas porquerías la gente se ha ofendido.

-Yo nunca miro el valor de lo que me llevo -dijo el ladrón-. Es parte de mi problema. Cojo lo primero que encuentro, sin dañar nada. Lo que dejo a cambio son cosas que he robado días anteriores.

-Y como últimamente solo roba cosas birriosas son cosas birriosas las que puede dejar -dijo el inspector.

El inspector Fernández llevó al detenido a la comisaría. Allí el ladrón y el propio inspector explicaron a los ciudadanos lo que había ocurrido. Los presuntos afectados, avergonzados por ser aprovechados y avariciosos, decidieron quitar la denuncia.

El ladrón disparatado siguió haciendo de las suyas, pues no podía evitarlo. Pero desde ese día, los vecinos se turnan para facilitar las cosas al ladrón y dejar que se lleve algo debidamente etiquetado con los datos de su propietario. De esta forma, cuando el ladrón deja un objeto robado en casa de alguien, este se pone en contacto con el dueño para devolverle lo que es suyo.

Y así acaba este disparatado cuento sobre las cosas disparatadas que puede llegar a hacer la gente cuando se deja llevar por la avaricia y la codicia.”

Moraleja

Si nos ponemos técnicos, este cuento en realidad habla de un problema en salud mental: la cleptomanía, un trastorno del control de los impulsos que implica no poder controlarse ante el acto de robar. Por otro lado, el cuento también habla de lo mala que es la avaricia y del ser interesado, ya que, como dicen, “la avaricia rompe el saco”.

8. El caso del Doctor Bocazas

“En una gran ciudad de nombre impronunciable se escondía uno de los ladrones más buscados de todos los tiempos: el Doctor Bocazas. El Doctor Bocazas había recorrido el mundo durante años haciéndose pasar por dentista para robar los dientes a sus víctimas.

Su carisma era tal que era capaz de convencer a dos docenas de personas al día de que necesitaba quitarle un diente o una muela. Y mientras los tenía anestesiados les robaba todas las piezas sanas de su boca y les colocaba unas nuevas. La gente apenas notaba la diferencia y, viendo que tenían todo perfecto, se iban tan contentos.

Sin embargo, el material que usaba el Doctor Bocazas no era muy bueno, y al cabo de unos meses los dientes empezaban a ponerse de color azul. Atando cabos, la policía terminó relacionando todos los casos. Como suponían que el nombre dado por el dentista era falso, el ladrón acabó siendo conocido como el Doctor Bocazas, más por lo mucho que hablaba que por el hecho de robar en las bocas de sus víctimas.

Y era tanto lo que hablaba que, sin querer, reveló el lugar donde tenía su guarida, la ciudad de nombre impronunciable donde tenía su hogar, ciudad a la que se desplazaron policías de todos los rincones del mundo, muchos de ellos con los dientes azules, pues habían sido atendidos por el Doctor Bocazas.

-Estás rodeado, Doctor Bocazas -gritó el policía al mando-. Más te vale entregarte. Sal con las manos en alto.

Pero el Doctor Bocazas no tenía ninguna intención de entregarse, ni mucho menos de abandonar su botín. Tenía toneladas de dientes ocultos en el sótano de su guarida y no quería perderlos. Era el trabajo de toda su vida.

Como el Doctor Bocazas no salía, la policía tuvo que entrar por la fuerza. El Doctor Bocazas estaba temblando, pero no pudo resistirse.

El Doctor Bocazas no solo guardaba toneladas de dientes, sino todo el dinero que había ganado haciéndose pasar por dentista. Con ese dinero, todos los afectados pudieron arreglarse los dientes, esta vez poniéndose en manos de un dentista de verdad.

-Espera, espera. ¿Cómo sé yo que un dentista es de verdad y no un ladrón de dientes?

-Lo sabrás porque primero intentará arreglarte el diente y, si te lo quita, te lo entregará limpito y reluciente, para que lo guardes de recuerdo.

-Entonces, ¿no tengo que tener miedo?

-¿Del dentista? ¡Claro que no!”

Moraleja

Las personas hacen de todo para conseguir lo que quieren, por eso a veces es mejor desconfiar un poquito… ¡Y denunciar si nos timan!

9. El ladrón de las mil caras

“Había una vez un ladrón muy malvado que tenía aterrorizada a toda la ciudad. El ladrón robaba a cara descubierta sin miedo a ser detenido, pues tenía mil caras, por lo que nunca podrían pillarle. La policía sabía que era él y que tenía mil caras porque tenía un sello inconfundible: en todos sus robos dejaba un mensaje mofándose de la policía firmado por el ladrón de las mil caras.

-Pillaremos a este sinvergüenza -decía el capitán de policía. Pero nunca encontraban ninguna pista que les acercara al ladrón.

La desconfianza empezó a reinar en la ciudad. Cualquiera podía ser el ladrón de las mil caras. El miedo era tal que se prohibió la entrada a la ciudad a cualquier persona que no viviera en ella. Aún así, el ladrón siguió actuando.

Un día, el alcalde tuvo una idea y llamó al capitán de policía.

-¿Cuántos robos ha cometido ya el ladrón de las mil caras? -preguntó el alcalde.

-Novecientos noventa y nueve, señor -dijo el capitán.

-Eso significa que solo le queda una cara, si es cierto lo que él mismo dice -dijo el alcalde.

-Sí, señor. Eso significa…

-Que la próxima vez que robe lo hará usando una cara repetida.

El capitán de policía metió todas las caras que el ladrón había utilizado en sus robos en un avanzado programa informático y envió la información a todas las cámaras de la ciudad.

-Si el ladrón vuelve a aparecer con cualquiera de sus caras lo pillaremos, señor alcalde -dijo el capitán de policía.

-Bien hecho -dijo el alcalde.

Pero ese día empezó a hacer mucho frío y la gente salió a la calle con gorros y bufandas. Así no sería posible pillar al ladrón si actuaba. Y, en efecto, cuando el ladrón actuó no pudieron pillarlo, porque cuando salió a la calle se tuvo que abrigar bien.

-¡Maldita sea! -dijo el capitán de policía-. ¡Otra vez nos la ha jugado!

-Capitán, mire el lado positivo del asunto -dijo el alcalde-. ¿Ha podido confirmar que ha usado una cara repetida?

-Sí, señor -dijo el capitán.

-Eso significa que no sospecha que llevamos la cuenta o, al menos, que no tenemos registro de sus caras. Ha bajado la guardia. Lo de hoy es solo suerte a su favor. Sigamos como siempre, que no se dé cuenta de nuestro plan.

El frío duró varios días, durante los cuales el ladrón de las mil caras robó dos veces más. Pero el día que el frío cesó…

-¡Lo tenemos, capitán! -dijo uno de los agentes que vigilaban las cámaras-. Va directo al Banco Central, justo aquí al lado.

-Quiere dar un buen golpe -dijo el capitán de policía-. Vamos para allá. Todo el mundo con ropa de calle, sin uniformes ni coches oficiales. Si nos ve se irá.

Así, como si fueran gente normal, los policías fueron al Banco Central y observaron al ladrón.

-Capitán, parece que se esconde.

-Querrá esperar a que cierren el banco. Trucará las alarmas para abrir las cajas fuertes al anochecer, como ha hecho otras veces.

-¿Qué hacemos?

-Esperar escondidos en la caja fuerte para pillarlo in fraganti.

Y así lo hicieron. El ladrón se llevó un susto monumental cuando se encontró a media docena de policías en la caja fuerte.

-¿Cómo me habéis pillado? -les preguntó.

-Tú mismo nos diste la pista al presumir de tus mil caras. Después de mil robos no te ha quedado más remedio que repetir.

El ladrón se lamentó de haber sido tan presuntuoso y de haber hablado más de la cuenta. Desde entonces está en la cárcel, pagando por sus fechorías, mientras sus otras novecientas noventa y nueve caras están a buen recaudo, por si acaso.”

Moraleja

Otro cuento que nos habla de lo mala que es la chulería y la soberbia. La discreción, en muchas ocasiones, es un valor y una ventaja. El cuento también transmite valores como la paciencia y la astucia (en este caso, de la policía).

Policía

10. El caso del detective desaparecido

“En la comisaría de Villacorriendo no se paraba de trabajar, como en el resto de la ciudad. Porque los de Villacorriendo no paraban en todo el día, salvo el rato que se dedicaban a dormir, que tampoco era mucho.

Pero ese día algo había pasado, algo que había puesto patas arriba la comisaría. Pasaban diez minutos de la hora de inicio del turno y el detective más antiguo de la comisaría no se había presentado a trabajar. Le llamaron, pero no contestaba. Estaba desaparecido.

Y eso era toda una tragedia, porque era uno de los policías más productivos de toda la historia de la comisaría de Villacorriendo. Ni un solo día de vacaciones se había cogido el detective en toda su carrera. Ni un solo día había llegado tarde a trabajar, ni se había ido antes de terminar el turno. Tampoco se había cogido ni un solo día de baja, ni siquiera por enfermedad. Era todo un ejemplo para la comisaría de Villacorriendo.

Enseguida, todos los agentes se pusieron a trabajar. Volaban papeles, sonaban teléfonos, corrían personas y animales, se oían órdenes… Aquello era importante. Lo más importante que habían tenido que investigar en los últimos cuarenta años, los mismos que llevaba el detective que buscaban.

Los policías peinaron toda la ciudad. Los habitantes colaboraron en todo lo que pudieron. Abrieron todas las puertas, todos los armarios, todos los cajones… Se registraron sótanos, almacenes, baños públicos…

La búsqueda del viejo detective no se detuvo en una semana ni por un segundo. Pero no dio resultado. Hasta que alguien tuvo una idea:

-¿Habéis mirado en su escritorio? -dijo un joven agente.

-Los cajones son demasiado pequeños para que se haya metido allí -contestó otro policía. Pero como llevaba dos días sin dormir, el agente no le dio importancia a su respuesta.

-Tal vez haya alguna nota, alguna carta… algo -dijo el joven agente.

Y allí fueron todos, a ver si en la mesa había algo. Y ¡vaya si lo había!

-¡Fijaos, es una nota! -dijo alguien. Y la abrió. Esto es lo que decía:

Queridos compañeros:

¡Me jubilo! Por fin podré descansar y parar un poco. No he querido despedirme en persona para no interrumpiros. Y porque seguro que alguno intentaba convencerme para que no me jubilara todavía. ¡Jeje! Espero que no tardéis mucho en ver esta carta. Aunque, conociéndoos, seguro que removéis la ciudad entera antes de dar con ella.

¡Hasta pronto!

-¡Se ha jubilado! -gritaron varios policías a la vez.

Y ahí acabó la búsqueda. Ese día, por primera vez, en la comisaría no se movió ni una mosca durante cinco minutos. ¿Estarían preguntándose por qué se pasaban el día corriendo? ¿O si merecía la pena?

-Vamos, vamos, que hay mucho que hacer -dijo el capitán.

Y todos se pusieron en marcha, aunque en realidad no había nada que hacer. Porque, a pesar de que en Villacorriendo no se paraban de hacer cosas, era un lugar tranquilo en el que la policía apenas tenía nada que hacer.”

Moraleja

Antes de actuar, es mejor pensar, ya que a veces nos lanzamos a probar cosas por pura intuición sin haber meditado previamente qué es lo que queremos hacer, o cómo lo podemos hacer.

11. Los ladrones de piruletas

“Villapirula estaba engalanada de arriba a abajo. En pocos días se celebraría la Gran Piruletada, la fiesta grande de la ciudad. Todos los habitantes de Villapirula estaban muy nerviosos. Durante meses habían estado fabricando piruletas para la gran ocasión. La Gran Piruletada atraía a miles de visitantes todos los años atraídos por la gran fiesta que se montaba y por las maravillosas piruletas que se podían comprar ese día. Y había que dar la talla.

Ajenos de lo que se les venía encima, los habitantes de VillaPirula seguían con los preparativos de la Gran Piruletada. Mientras tanto un ladrón preparaba el gran golpe.

-Ya estoy viendo los titulares de los periódicos de mañana -reía el ladón-. Algo así como esto: Ladrones astutos le hacen la pirula a los de Villapirula. No, no, mejor así: La Gran Piruletada se convierte en la Gran Pirula. Se la dan con queso a los de Villapirula.

El ladrón no hacía más que reír y gastarse bromas a sí mismo mientras esperaba que llegara la noche para dar el gran golpe.

Y el momento llegó. La noche había caído y el ladrón se deslizó sigiloso y se coló en el almacén de piruletas con un saco enorme. Ya había llenado el saco cuando, de repente, oyó unos pasos.

El ladrón se escondió rápidamente. No sabía quién andaba por allí, pero no querían ser descubiertos, así que no se movió.

Un rato después volvieron a oírse pasos. Alguien llegó donde él estaba. Era otro ladrón, cargado con un enorme saco lleno de piruletas. Los dos ladrones se miraron, pero no dijeron nada. Solo esperaron.

Un rato después volvieron a oírse unos pasos. Pocos segundos después un tercer ladrón se unió a los otros dos.

Ya casi era de día, y había que salir de allí. Pero entonces, volvió a oírse ruido y un cuarto ladrón se unió al grupo.

-Chicos, vámonos, que nos van a pillar -dijo uno de los ladrones-. Seguro que el quinto ladrón está haciendo de las suyas. Dejemoslo a lo suyo, y que salga cuando acabe.

Pero no había un cuarto ladrón, sino una patrulla de policías que iba a investigar unos movimientos sospechosos que un vecino había denunciado.

Los ladrones se llevaron tal susto que soltaron los sacos de piruletas y salieron corriendo. Pero no llegaron muy lejos, porque varias patrullas ya se habían instalado fuera del almacén para cerrar el paso a los posibles delincuentes.

Como escarmiento, los ladrones tuvieron que ayudar a los vecinos a Villapirula durante toda la fiesta haciendo los trabajos más duros.

La Gran Piruletada fue un gran éxito y los ladrones se fueron a casa agotados. Eso sí, con una piruleta de plástico para que no olvidaran que a los de Villapirula no se les hace la pirula.”

Moraleja

Hay quienes se creen muy listos/as, pero a estos/as a veces es más fácil pillarlos que a los demás, porque ellos/as mismos/as se delatan con sus actos.

12. El ladrón de azúcar

“Había una vez un ladrón que tenía a toda la ciudad en guardia. Este ladrón solo robaba una cosa: azúcar. Pero lo robaba todo. Cada paquete de azúcar que llegaba a la ciudad desaparecía.

Nadie sabía cómo se las ingeniaba el ladrón para localizar y robar el azúcar. Y por eso no la policía no sabía por dónde empezar.

Adela la pastelera era una de las personas más perjudicadas. Porque, aunque podía usar otros ingredientes para sustituir el azúcar, estos eran más caros y no a todo el mundo le gustaba el resultado.

Un día, Adela la pastelera tuvo una idea. Con esa idea en mente fue a ver a la policía.

-Hagamos un concurso de pasteles, seguro que no puede resistirse a participar.

-Y eso, ¿cómo nos ayudará a cazar al ladrón? -preguntó el jefe de policía.

-Mandaremos traer un camión de azúcar para el concurso -dijo Adela-, un camión que seguro robará el ladrón. Pero en vez de azúcar el camión traerá sal. Como se verán sin azúcar, los concursantes tendrás que usar miel u otro ingrediente en sus recetas.

-Y cuando probemos el pastel salado habremos cazado al ladrón -dijo el jefe de policía.

-Excelente idea -dijo el jefe de policía, que enseguida se puso manos a la obra.

Se anunció el concurso y la llegada del camión de azúcar. Como se esperaba, el ladrón robó el camión y usó lo que creía que era azúcar para hacer un impresionante pastel. Al primer bocado el jurado se levantó y señaló al autor.

El ladrón fue llevado a la cárcel y obligado a devolver todo el azúcar que había robado.”

Moraleja

Este cuento habla del poder de la creatividad, la imaginación y la originalidad para encontrar soluciones a los problemas.

13. Robos en el parque

“Había una vez un parque al que entraban a robar. Los ladrones se llevaban cualquier cosa. Lo mismo les daba robar flores que llevarse un banco o una papelera. Y si no se lo podía llevar, lo destrozaban.

Para evitarlo, el ayuntamiento decidió poner vigilancia en el parque. El jefe de policía repartió los turnos y ese mismo día siempre había un policía patrullando por el parque a cualquier hora del día.

A Don Canuto le tocó hacer el turno de noche. Don Canuto insistió que no era buena idea que él hiciera ese turno.

-No te escaquees, Canuto, que te ha tocado en suerte -le decían sus compañeros.

Los robos y el vandalismo cesaron durante el día, pero no pasó lo mismo por la noche. Toda la ciudad estaba muy enfadada, y la pagaron con Don Canuto.

-Es en tu turno cuando roban, Canuto. ¿Te duermes o qué? -le dijo el jefe de policía

-Yo no veo nada -contestó Don Canuto.

-No, si eso es evidente. Que ni ves ni te enteras -insistía el jefe de policía.

-Que no, que lo que pasa es que no veo nada por las noches -dijo Don Canuto.

-Pero, ¿por qué no lo has dicho antes? -preguntó el jefe de policía.

-Lo intenté, pero todos me acusaron de querer escaquearme de mis obligaciones. Pero tengo una idea para cazar a los ladrones.

Don Canuto propuso que el resto de agentes se escondieran en el parque y en los alrededores para poder pillar al ladrón.

Así lo hicieron. Y el ladrón fue apresado. A Don Canuto le dieron una medalla por su gran idea y le pidieron disculpas por no haberle escuchado.

Los robos en el parque cesaron y toda la ciudad pudo volver a disfrutar de él, como siempre.”

Moraleja

Hay que escuchar las diferentes opiniones de las personas, porque a veces puedes aprender muchas cosas a través de ellas. Nadie tiene la razón absoluta, o solo en contadas ocasiones.

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